Marcelo Meza Escritor

“Donde la nada se da cita con el tiempo y se es divino en la cáscara rota… más allá de otros destinos, sin lienzos ni estopas, en la pesadilla de los dioses, en el hueso seco de una sonrisa… aplastado por las miserias, eterno, sin golondrina… Se enciende el abismo en una piedra, en el ángulo cambiado, no es una ciudad cualquiera, quizá sea la esperanza en hoja de otoño…”.

jueves, febrero 09, 2012

El Flaco - Por Marcelo Meza




El Flaco


Me dicen las hojas que van al viento que el Duende, el Mago de esta música argenta cósmica se ha ido.  Y promete que se quedará o se irá, según se le antoje al alma sensible del flaco, que es un Luis y que también es un Spinetta. Adónde se va me importa poco, espero, sí, que no haya olvidado el banderín del River Plate de sus amores, ni el mate amargo, a toda velocidad en la nave del capitán Beto. ¿Y a quién le cuento esta tristeza nueva?
¿A quién le lloro este dolor blando y duro a la vez? Que se complota con rabia y risa y lágrimas, porque lo amamos tanto como a un amigo hermanado, como a un maestro papá elegido de grande, maestro de guardapolvo blanco que nos indica la vida por entre las piernas de la poesía.

¿Y qué será de mí, de mis oscuridades musicales, de mis sombras perplejas que no asoman a tus séptimas atómicas?
Yo que fui y soy el alumnito del fondo, que te descubrió tarde, en mi vejez de los trece años... Yo, de la vergüenza de luchar contra todo mi cuerpo por verte, porque siempre temí la sospecha de que el día que te viera iba a desaparecer el mundo conocido o despertar de esta vida de magia tuya contagiada en las travesuras que me permitís con tu folclore fantástico y tierno. Yo, él de la sensible envidia jugosa, de no haberte visto nunca de cerca, me perdí. Entonces se me antoja esta envidia elástica a todos tus seguidores de plata. El Negro lo sabía por eso se adelantó. Sí,  el Negro Jorgito Alali, sí, el poeta, que te amaba tanto o más que nosotros, y cuando digo nosotros me refiero a Ricardo Alali, Vampirí; y a Jorge Rodríguez, el Chueco. Cada uno te alegra lágrimas de flores, porque nos iluminaste para siempre y no nos pediste más que ser nosotros mismos.
¿A quién le canto esta baguala líquida, si ya no escuchan más que fósiles moribundos?

¿Estoy solo en este dolor, en esta ausencia? Porque mi hambre poético viseral y mi sed de amor a tu música y al idioma que se hace lenguaje no cesa, no en este tiempo de brumas y silencios temibles. ¿Adónde voy a encajar ahora? ¿En qué planeta?
Me abuenaste Luis Alberto de la luz. Me creciste un surrealismo capaz de atormentar mis más enajenadas miserias.
Gracias a vos comí la poesía del abrazo y del amor que nos iguala.
Dicen las hojas o el viento sur una canción para los días de la vida que se nutre un poquito de nuestra nostalgia, que nuestros aprendizajes  te hacen sonreír una vez más con tu gorda sonrisa de niño pilusón.
Gracias por decirme estos misterios populares,  por haber estado presente desde antes de toda conciencia  mía, conviviendo en el corazón, que me estoy yendo en la tristeza del amor, silbando pa' dentro tu color y tu manera de sentir la vida en tu acorde invisible y  perfecto.

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Marcelo Meza - Con cariño - 9 de febrero de 2012

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miércoles, diciembre 07, 2011

Carta abierta a Jorge “el negrito” Alali - 2011



Hubo un Jorge, negro por fuera y blanco por dentro. Un chico que se hizo hombre medio a la fuerza y medio por fiaca a los mandatos paternos. Era un alma libre. Dispuesto siempre a la amistad y a compartir el tiempo con sus seres amados. Tuvo tantos nombres (y los sigue manteniendo mucho tiempo después de andar visitando las estrellas) que cada uno representaba un momento histórico, ahora lo percibo como una marca, un signo de cada una de sus facetas. Por sobre todo fue un soñador empedernido y eso lo llevó a escribir poemas. Entre mates y música he sido testigo de sus inspiraciones, de sus soledades, de sus rabias y también cuando le brotaba la emoción en un “momento cumbre” expresado en sus fuertes abrazos. Es y fue y siempre será mi amigo, mi compinche, el que supo acercarse a mis orillas con la maestría de los magos a convidarme un destello de humanidad y de cariño, el tábano. Sé que todavía te estoy pensando negro querido.  Se supone que esta es una carta abierta y te preguntarás a quién le hablo, claro, bueno, olvidé de contarte que no solo le cuento a los que te conocen y te aman quién sos y quién fuiste en vida, sino que hay mucha gente nueva que ahora te conoce, sea por tus queridos hijos, tu familia, los amigos del alma y también por tu poesía intacta. 

Loquillo, sé que esa mirada tiene un dejo de reproche, pero tus reproches siempre se parecieron mucho a una traba, tipo de esas escolares, cuando alguien te pegaba desde atrás y te caías de culo, tiene el color de esas picardías. Tenés razón, ya me conoces, negrito, sabes que soy como un poco melancólico, pero decidí escribirte esto no solo para que vos sepas cuanto te extraño, sino para que todos los que lean esta sencilla carta puedan recordarte un poco mejor al ampliar la paleta de las emociones que recargan los recuerdos.

Ya pasé por la tristeza y por la soledad de tus cosas quietas. La casa ya no tiene tu tabaco ni tus exquisitos guisos de rejunte. También extraño “los mates de la vida” (con menta, claro), las mil y una pavas, las charlas infinitas filosofando hasta que nos sorprendía la mañana. Tábano ponzoñoso, como un Sócrates nuestro, capaz de “parirnos” con la chispa de una idea un oasis o un desierto cada vez que explorábamos en las profundidades del ser. Ahora más que nunca te extraño a vos en tu más pura esencia de amigo y hermano que me dio la vida, porque esta loca e inexplicable distancia si es que deja algo útil es poder ver con claridad la naturaleza básica de los vínculos, de la amistad, de un amor desinteresado entre hombres, en donde el respeto y la consideración eran la tierra firme en donde jugábamos nuestras aventuras.

¡Cuantas veces no te entendí, tábano loco! Cuantas veces me pareciste otro, un extraño y, sin embargo, era yo mismo un reflejo del dolor y de las impotencias que a veces tenemos que atravesar.

Nunca sentí una pérdida, pero si la ausencia del compinche, del que está dispuesto a jugar. Es decir, te quiero como siempre, cada cual en la suya y cuando nos juntamos realmente nos reconocemos en el otro como un verdadero hermano. Yo quisiera que te murieras un poco menos y te escaparas del lugar en donde estás y te vengas a tomar unos buenos mates, dale, no quiero un milagro, no merezco tanto. Tan solo una escapadita, como cuando hacíamos los asaditos en la puerta de casa y venían todos. ¡Dale que llamo al Cabeza y a Rodito y de paso viene el gordo Julio, el Pilín. En una de esas arranca Pichar y el Monrri y le avisa al Toqui y tiramos una carnecita…! ¿Sabes cuantas veces te soñé que te dabas una vueltita? Que no sé por que mágica cuestión estabas en la mesa, contando historias, cagándote de risa, fumando como escuerzo… el colibrí esmeralda ese que se nos aparece como mensajero tuyo… 

Lo único que te debo, negro, aparte de la vida —esta magnífica vida impregnada con tu maravillosa generosidad—, es unas palabras que tengo atravesadas acá. Me vino el silencio el día que te vistieron de ébano lustroso. A nadie nos salió ni una palabra, pero creo que suavemente nos escuchamos todos. Claro, nadie lo podía creer. Tengo ganas de decirles a todos en que gran tipo te convertiste, en que padre ejemplar, de esos para imitar. Me hubiera encantado leerles algún poema tuyo de esos que te arrancan el corazón. Pero más que nada me gustaría volver a abrir mi corazón a vos, mi referente en tantos fundamentos vitales. No sé si hacemos bien en brindar en memoria de vos cada 13 de diciembre. Es probable que te recordemos para asentarte en nuestra memoria un poco más, que sé yo. 

El loquillo enamorado, un señor con las minas. Enamorado de lo cierto y también de la bruma que tejen los recuerdos, amores posibles y de los otros. 

Puta que te volviste sensible y me contagiaste, ¿eh? Siempre decías que podemos compartir el mismo idioma y no el mismo lenguaje. Y eso es lo que más extraño, querido negro. El mismo lenguaje que nos conectaba en otra dimensión, donde cada palabra tenía peso, modificando la trascendencia de lo que simbolizaba. Ahí nos deteníamos con una sola idea y en el ocio más increíble y rico nos tomábamos todo el tiempo del mundo como si hubiéramos sido millonarios… bueno, quizás si éramos ricos. Íbamos de los griegos hasta el tango, de los poetas chinos, Artaud, a Spinetta. Conformando uniones impensadas entre arte, política y fútbol. ¿Y tu computadora cerebral capaz de recordar actores, directores y hasta el más mínimo detalle de cualquier película, deportista, club o grilla del más antiguo golfista? Uy, hablando de fútbol, tengo que darte una mala noticia, negro. River se fue a la B. ¿Qué, ya lo presentías? Cierto que una vez me profetizaste tu descontento con las directivas políticas del club. 

Sabés una cosa… el Pilín te extraña mucho, dice que te había adoptado como a un hijo, y claro, ¡si éramos hermanos!

Bueno, negrito, solo quería contarte cuanto te queremos y te quiero. 

No podías envejecer tranquilo, cumplir algún que otro sueño, conquistar utopías, tuviste que dejarnos con la boca abierta de asombro, un asombro con sabor a disfrute de la vida, como a vos más te gusta, provocando, siempre provocando.

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Marcelo Meza – 7 de diciembre de 2011

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lunes, mayo 18, 2009

Si se mueren los poetas - por Marcelo Meza

Si se mueren los poetas

Si se mueren los poetas

entonces callo,

callaremos todos

la voz que nos robaron,

esa que ellos no callaban.

Si se mueren los poetas

¿Dónde conseguiremos los colores,

el romance con la belleza y

el canto de la vida?


Si se mueren los poetas

ya no habrá aire que respire sano,

se volarán los árboles y las flores,

los animales huirán del jardín de la ternura

y se volverán feroces

como los lastimados.

Si se mueren los poetas

no me expliquen nada.

La vida así será un fantasma sin ruido,

oscuro y sin tiempo.

Dejenme quieto, no me toquen,

ahora que no hay sueños

la vida no la quiero,

porque ellos, los poetas, la habían inventado.


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In memorian de Mario Benedetti (1920-2009)
Jorge Alali (1963-2008)

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martes, diciembre 16, 2008

Grito callado


Grito callado

En memoria de mi amigo Jorge Alali *



Te busco y no te encuentro, negro querido.

Al mismo tiempo me rodean elementos con tu nombre,

huelen al tabaco viejo

que exhala el yelmo de tus resignaciones.

En un acto heroico la pava se levanta,

el mate dulce se persigna frutas,

me señalan fuego

en la hornalla consumida que se quema

ensimismada

como un pucho olvidado

en los dedos distraídos de los sueños.

Y no te encuentro,

y todo me rodea.

Entro y salgo de tu pieza,

de tu escondite secreto

donde habitan tus musas,

tus coloquios silentes,

tu medusa privada.

Y me vuelvo a volver,

doy a puerta desconocida,

aunque cuelgue el banderín de River,

no es mi casa ni la tuya,

no se parece a nosotros

ni a los infinitos días filosos de filosofías al amor,

al hastío,

al lidiar con lo mediocre,

con la poesía visceral en carne viva,

con lo brutal que te acuchilla la ternura.

Esa ajenidad que no nos pertenece

se ha instalado como un virus insolente

de eses carcomidas,

discorde de lenguaje.

Entonces sé

que es el ácido silencio del vacío que dejaste,

que repaso con un cloro tan salado

a limpiarlo con los puños y las uñas

que desangra en aceite

carcomiendo el tiempo tuyo, el mío,

el nuestro.

Por eso no te encuentro,

negro blanco,

hermano que me naces desde que estoy vivo,

brotando en cada encuentro,

a cada milagro amanecido

en tu mate de la vida

mental y cristalino trepado a mi cama.

¿Cómo me quedo en esta desidia?

¿Cómo me bautizo, ahora, sin tu barro?

¿No ves que estoy cansado de cansarme?

Si pasan muchos años de buscarte, querido amigo,

me quedaré sin ruidos y callado,

tranquilo y aprendido

de que uno como vos

que fue tragedia y te dio nombre

ahora te acompaña

para que no te pierdas, Loquillo,

nunca más.

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* Jorge Alali, poeta argentino.
7 dic 1963 - 13 dic 2008

Marcelo Meza - 16 de diciembre de 2008

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viernes, julio 20, 2007

Un mago de la alegría - a Roberto Fontanarrosa





Un mago de la alegría


Porque tener la capacidad de hacer reír, ganado como compinche el ingenio, es un acto de alquimia y fantasía acrobática del alma que rompe fácilmente el dolor y la tristeza, ternura a lo que nos tenía tan mal acostumbrados el querido y admirado Roberto Fontanarrosa, por todo eso es que lo nombro mago de la alegría.


Por ser Bonaerenses lo llamamos argentino con letras grandes pero solo porque nació en otra provincia que no es Buenos Aires, rompiendo por enésima vez aquello de la oficina de Dios en la rosada. Mejor. Porque nos lo dió la muy querida Santa fe y más precisamente: Rosario; cuna de artistas y grandes músicos que no dejan de sorprender al mundo con su nivel y alta sensibilidad.
Entonces, señoras y señores, qué importa eso, él es como de la casa, es el amigo de la familia, más que argentino entonces. Ese que los domingos nos regala carcajadas y quizás, entre semana, por error - en alguna revista de las viejas o de las nuevas que eran viejas -, asomando su nariz detrás de sus queridos personajes, nos liquide una lágrima de esas profundas, como las que caen mientras está el sol. Es y será siempre el tío macanudo, aliado nuestro - a pesar - de los que somos, por falta de habilidad o por descuido, célebres "patas duras" en el arte del fobal, remisión a manera de guiño en cada uno de sus cuentos terrestres que nos han invitado a jugar, a nosotros: que no podemos ni meterla en contra. Sólo por esa complicidad vale sentirlo nuestro, gritando cada uno de sus golazos con la tinta y el papel, hasta desgarrarnos la garganta, con la misma pasión de la victoria o el digno silencio de la derrota.


Nos ha enseñado bien, a reír ante todo, soñando que el mejor de los sueños es esto que logramos ser, porque después de todo, este asunto del humor es cosa seria y vaya que se lo ha tomado así. Cariño grande nos ha convidado don Roberto, acompañando nuestras vidas en el transcurso inevitable del crecimiento, en las buenas y en las malas, como los amigos y sin reprocharnos nada, salvo cuando nos poníamos serios "al cuete".


Que Don inodoro Pereyra y el mendieta no son fortuitos y mucho menos aquel Boogie el aceitoso. Que cada una de sus historias nos pintaron a nosotros y a cada uno, y qué bien pintados, que colores puros teníamos en su pluma. Ahora que se fue de gira a tomar mate con Oesterheld, dibujando "clementes" accidentales o "Matías" fortuitos a pedido de admiradoras sospechosas, seguramente nos seguirá regalando su sonrisa canalla, su pasión por la risa y la alegría que tenemos y a veces se nos cae desprestigiada por el peso de mil ceños fruncidos y otros territorios ocultos; caras largas como las colas para pagar y todo aquello que hace que la argentina sea lo que es y nos robe el humor por varias horas.


Digo, que el humor de él es el carnaval de la risa y, por lo tanto, de la alegría. Ya que, grises como somos los de la ciudad, será posible que nos olvidemos un poco de los gruñidos para pasar la pelota de carcajada en carcajada, compartiendo, en ronda de amigos y de compañeros y de los que amamos su modo de ver la vida. Al fin de cuenta, Roberto Fontanarrosa no solo le hacía cosquillas a la risa sino que es lindo pensar que desde su querido Rosario haya inventado con su magia el humor, con el pase corto, la cabeza en alto y el puntinazo directo al corazón.


Con toda admiración y respeto
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Marcelo Meza – 20 de julio de 2007 – Buenos Aires, Argentina
Sitio oficial de Roberto Fontanarrosa 26 de noviembre de 1944 - 19 de julio de 2007 - Rosario.

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